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Bienvenidos a un mundo plural

Félix Ortiz

Hace un tiempo estuve en una de las cafeterías Starbucks, en la ciudad de Barcelona, España. Me acerqué al mostrador. Justo entonces comenzó mi ansiedad. Debía escoger entre diferentes tipos de cafés; sólo, con leche, americano, frapuchino, capuchino, descafeinado, selección del día, selección de la semana y todo ello ante la presión de una fila de gente en aumento. Cuando acerté a articular lo que deseaba, me preguntaron qué tamaño deseaba. Un rápido vistazo a la fila de gente me persuadió de tomar una decisión rápida. A continuación se me preguntó si deseaba algún tipo de sabor especial. Nuevo interrogatorio, nuevo desglose de gustos, nueva mirada a la fila, mayor ansiedad, nueva elección, en esta ocasión hecha sin pensar, con el deseo de acabar cuanto antes. Acostumbrado a las cafeterías españolas, donde hay sólo dos o tres posibilidades, Starbucks representó para mí la entrada en un mundo de extrema variedad.

La diversidad, la variedad, el pluralismo; son expresiones que caracterizan y definen la cultura postmoderna. Esto se da en todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, los diferentes tipos de familia que se van dando. Es posible encontrar, junto a la familia nuclear y tradicional (padre, madre e hijos); diferentes modelos alternativos. Familias monoparentales (con un solo progenitor), homosexuales, mezcladas, de hecho (sin estar casadas). A nivel ideológico, esta variedad o diversidad recibe el nombre de pluralismo. Significa que la cosmovisión judeocristiana, ha dejado de ser la base que sustenta los valores y las culturas de los países occidentales.

Además, convivimos con muchas otras cosmovisiones o estilos de vida que pugnan por ganarse la fidelidad y filiación de los jóvenes de nuestras iglesias. Se ha roto el monopolio cultural. Los valores cristianos no son los únicos que están al alcance de las personas para desarrollar su proyecto vital personal. Hay un mercado cultural libre, donde las diferentes opciones compiten contra el cristianismo y compiten entre ellas, todas prometiendo los mejores resultados, y reclamando ser la mejor opción como proyecto de vida.

Como me sucedió a mí cuando entré en Starbucks, les sucede a nuestros jóvenes cuando entran en la secundaria o en la universidad. De golpe se dan cuenta que, además del cristianismo, existen muchas otras opciones posibles de elegir y, algunas de ellas, parecen mucho más atractivas y más gratificantes. La fe de nuestros jóvenes funciona bien para una cultura que no es plural, fundamentalmente judeocristiana y en la que los valores de la iglesia y de la sociedad no difieren demasiado. Sin embargo, ¿sobrevivirá esta fe en un contexto plural, de libre mercado ideológico, donde deberá competir con otras cosmovisiones y maneras de entender el mundo?

Muchos tememos que no. Hemos domesticado a nuestros jóvenes, pero no los hemos discipulado. Los hemos preparado para vivir una vida en cautividad, en entornos protegidos y seguros, pero no necesariamente para sobrevivir y, menos aún, para causar un impacto en la selva ideológica del mundo actual. Hemos experimentado el enfriamiento espiritual o incluso la pérdida de la fe de muchos jóvenes cuando entran en el mundo universitario. Las presiones ideológicas y culturales van más allá de lo que su fe puede resistir. He visto este fenómeno con muchachos y muchachas. España es un país ferozmente pluralista y en donde la cultura cristiana y los valores que ella sustentaba, están siendo constantemente erosionados. Muchos jóvenes que estaban comprometidos con la iglesia e incluso ocupaban posiciones de liderazgo, se han alejado del evangelio y enfriado espiritualmente. ¿La causa? Su fe no pudo resistir las presiones de un mundo plural, era buena para la homogeneidad, no para la heterogeneidad.

Cuando se ven confrontados por un mundo plural, la fe de los jóvenes se rompe por dos razones principales:

La primera es la ausencia de convicciones. Ya Josh McDowell demostró en documentados estudios entre la juventud, que nuestros jóvenes tienen conocimientos acerca del cristianismo, pero carecen de convicciones. Creen, pero no saben en qué creen y no saben por qué lo creen. Su fe es puramente intelectual, no experimental. Es una fe inmadura, aceptada sin ser cuestionada y mucho menos ser probada en la vida real. Mientras que las creencias sirven para más o menos operar en un contexto cultural favorable, como lo era el de la cultura judeocristiana, no tienen suficiente fuerza para resistir los violentos embates de una sociedad agresivamente plural.

La segunda es la ausencia de estructuras de credibilidad. Afirman los estudiosos de la postmodernidad que en una cultura plural, con tantas cosmovisiones en competencia y conflicto, sólo pueden sobrevivir aquellas que cuentan con estructuras de credibilidad. Estos expertos definen una estructura de credibilidad como una comunidad que encarna, vive y ejemplifica los valores que una cosmovisión determina, defiende y propugna. Sin estas estructuras, la supervivencia es imposible y las cosmovisiones que carezcan de ellas están condenadas a desaparecer. Esta afirmación levanta serias preguntas acerca de si nuestras iglesias son auténticas estructuras de credibilidad en las cuales nuestros jóvenes pueden ver encarnados los valores, principios y estilos de vida del Evangelio. Si no lo son y, además, no estamos discipulando a nuestros jóvenes con convicciones, sino únicamente domesticándolos con conocimientos; nos encontramos ante una combinación que puede resultar letal en sus vidas.

Si nuestra fe es la verdad, entonces no debemos temer la confrontación con el mundo. El propio Jesús afirma, que él ha vencido al mundo (Juan 16:33), también le pide al Padre, no los quites del mundo, antes al contrario, guárdalos del mal (Juan 17:15) y todas las Escrituras del Nuevo Testamento están llenas de admoniciones al valor y a la confianza en el poder del Señor.

Sugerencias prácticas para formar a nuestros jóvenes para un mundo plural:

Entiende los retos que tus jóvenes enfrentan o enfrentarán. Todo buen líder debe equipar a sus jóvenes para un mundo real, no para vivir en un mundo ideal que no existe. La comprensión de sus luchas, retos y desafíos te ayudará a saber cómo orientar tu discipulado.

Da la bienvenida a sus preguntas. No juzgues al joven que duda. La duda forma parte del proceso de maduración. Si le juzgas por dudar no sabrás lo que siente, sufre, piensa y, consecuentemente, no podrás ayudarle a superar la duda.

Permite que su fe sea puesta a prueba. Cuando nuestra fe es desafiada, probada, confrontada, es cuando crece, se refina, se fortalece.

Acompaña espiritualmente a tus jóvenes en el proceso. No permitas que estén solos –ideológicamente hablando, claro- habla con ellos, ora con ellos, ayúdales a ver la coherencia y consistencia de la fe. No rompas los lazos, sigue amando, aceptando y estando cerca, cada vez veremos más jóvenes que necesitarán probar su fe allí afuera.

Provee estructuras de credibilidad. Recuerda, si tu comunidad local no es una buena estructura de credibilidad y no vive y encarna lo que predica, eso causará mucho daño a la fe del joven y la debilitará al enfrentarse con una sociedad plural. Tal vez no puedes influir sobre el clima espiritual de tu comunidad, pero sí sobre el clima del grupo de jóvenes y asegurarte que realmente se vive lo que se proclama; ¡buscar imitar a Cristo!

Presta atención al interior del joven y no te dejes engañar por el exterior. Muchas veces buscamos la conformidad exterior del joven a ciertas normas, hábitos, conductas o culturas, sin embargo, descuidamos el interior. Nos conformamos con moralizar, en vez de discipular.

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