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La regla de oro
octubre 26, 2026EL EQUIPO DE JESÚS, conociendo a Santiago
Por Fabio Lelli
«Cree solamente»… Esas fueron las palabras de Jesús y nosotros decidimos creerle… ahora que lo pienso, nunca le preguntamos si nuestras cualidades eran las indicadas para formar parte de su equipo. Tampoco preguntamos si algo de lo que sabíamos hacer servía para la tarea que estábamos por comenzar, pero él nos eligió y con eso fue suficiente.
Mi nombre es Santiago. Soy el hermano de Juan y fui uno de los 12 discípulos elegidos para seguir a Jesús. Desde que comenzamos a seguirlo, Jesús estuvo haciendo de las suyas, sanando a los enfermos, liberando a los endemoniados y enseñando a todo aquel que se nos acercaba.
Una mañana, sus planes eran completamente distintos a los que nosotros hubiéramos esperado. Pidió que todos nos reuniéramos temprano por la mañana… La mayoría pensamos que quería darnos alguna lección sobre cómo era el reino de los cielos. Algunos creían que simplemente nos juntaba para que pudiéramos orar y hablar con Dios juntos. Pero, al igual siempre, nadie se esperaba lo que Jesús tenía planeado.
Cuando todos habíamos llegado al punto de encuentro afuera de la ciudad, Jesús nos reunió en un círculo y nos explicó la importancia de que nosotros también enseñáramos a todas las personas el mensaje que él nos había contado: que el reino de los cielos se había acercado.
No sé si el resto de los discípulos se sentía capacitado para tal tarea; por el momento, simplemente nos habíamos limitado a escuchar y estudiar sus enseñanzas. Pero en cuanto a mí, no podía imaginar que un simple pescador como yo pudiera compartir con tanta claridad el mensaje que Jesús compartía, y menos aún hacer las señales que él hacía… Para mí, eso era una completa locura, pero, al parecer, Jesús tenía más fe en nosotros de la que nosotros teníamos en nosotros mismos.
Nadie dijo una sola palabra en ese momento. El silencio se había apoderado de nosotros. Creo que la mayoría de nosotros no creía, en realidad, que podríamos con semejante tarea. Por eso, ante el silencio de los demás, me di a la tarea de preguntarle a Jesús:
- ¿Y si lo arruinamos? No tenemos mucho conocimiento… ¿Estás seguro de que podemos hacerlo?
Jesús sonrió y, mirando a todos, nos dijo que estaba plenamente convencido de que podíamos con la tarea. Sin perder más tiempo, nos dio instrucciones claras sobre lo que teníamos que llevar y también nos dividió en grupos de dos para que no viajáramos solos. Pero lo más increíble fue que nos otorgó el poder de sanar enfermos y de expulsar demonios, ¡yo no podía creerlo! Hace apenas unos pocos días, era un simple pescador y ahora estaba a punto de predicar el evangelio de Jesús, la noticia más importante de todos los tiempos.
Por unos momentos, creí que sentiría algún poder sobre mí para sanar a los enfermos, pero realmente no pude sentir nada. Únicamente, como dije al principio, me di a la tarea de simplemente creer en lo que él me estaba diciendo, así que, junto con mi hermano Juan, nos dirigimos a la ciudad.
Todavía recuerdo ese momento. Caminamos por un buen rato hasta encontrar una calle muy transitada en la que había muchos comercios y la gente caminaba por todas partes. Creímos que sería el lugar indicado para anunciar nuestro mensaje. La realidad es que, en ese momento, mis piernas temblaban y en mi cabeza venía pensando aquellas palabras que Jesús nos había enseñado una y otra vez. Para todo esto, Juan no quería hablar primero y yo no quería arruinar la misión que teníamos. Esa mañana, las personas estaban haciendo sus compras; algunos estaban apurados, otros charlando entre ellos, y bueno, ahí estábamos nosotros, dos pescadores que tenían más dudas que certezas, pero que habían decidido creer en el mensaje.
No lo dude más; me paré en la esquina de la calle y, después de respirar profundo, comencé a hablar. Al principio, muchos me ignoraban, pero decidí no hacer caso de lo que ocurría a mi alrededor. Mi deber era simple: anunciar el mensaje que había escuchado. Pero a medida que el tiempo pasaba, las personas empezaron a acercarse y muchos dejaron sus conversaciones de lado y se hicieron el silencio para poder prestar atención.
Entre las personas, pude ver a un niño que se empezaba a acercar. Sus ojos brillaban y pude ver cómo, poco a poco, se formaba una sonrisa en su rostro. Cuando él estaba hasta adelante de la fila, noté que su mano derecha no podía moverse. Fue en ese momento cuando recordé que Jesús nos había dado el poder para sanar a los enfermos. Llamé al niño sin dudarlo y le pregunté si quería ser sano. Con alegría en su corazón, respondió que sí. Entonces, como Jesús nos había enseñado, pusimos nuestras manos sobre él y, al instante, su mano empezó a recobrar fuerza. El brazo que antes no podía mover ahora podía extenderlo hasta el cielo.
No siempre estamos seguros de nosotros mismos… Las dudas nos frenan y nuestros pensamientos hacen que abandonemos aquellos sueños que Dios diseñó para nosotros, pero… Dios no ve nuestras debilidades; él decide glorificarse en nuestras vidas, siempre que en nosotros encuentre un corazón dispuesto a creerle.
Puedes leer más en Juan 9:1-6
Este artículo fue extraído del libro “El equipo de Jesús” de Fabio Lelli
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Fabio Lelli demuestra una gran pasión al relatar historias que cuentan una gran verdad: como el amor de Jesús transforma a sus amigos con paciencia y alegría.






