
¿Cómo puedo aprovechar la Convergencia con mi equipo?
junio 1, 2026
Estableciendo una cultura de aprovechamiento del tiempo
junio 30, 2026La bifurcación que todo líder debe enfrentar: ¿formamos creyentes o discípulos?
Hay una pregunta incómoda que como pastores no podemos seguir esquivando: ¿por qué, después de años de sermones, estudios bíblicos e institutos, seguimos teniendo congregaciones llenas de personas que creen en Jesús pero no se parecen a Él?
No es un problema de información. Mucha gente sabe lo que hay que saber. Ha completado cursos, ha memorizado versículos, ha asistido fielmente. Y sin embargo, muchos de ellos —si somos honestos, también nosotros en ciertas temporadas— viven vidas superficiales, derrotadas por algún pecado o maquilladas de piedad pero con un fuego interno moribundo que nadie se anima a confesar.
La Escritura nos da una pista que solemos pasar por alto: existe una diferencia real entre ser creyente y ser discípulo, y esa diferencia no se resuelve con más disciplina.
El necio que tenía todo resuelto
Jesús cuenta la historia de un hombre que, con mérito propio, multiplicó sus bienes hasta no tener dónde guardarlos. Su plan era impecable: descansar, comer, beber, disfrutar. Dios lo llama necio —no por tener éxito, sino por construir su vida sin contar con Él.
Ese es el primer cruce de caminos. El necio bíblico no es alguien intelectualmente limitado; es alguien que vive su día a día, sus proyectos, su ministerio, sin someter ninguna decisión a la sabiduría de Dios. Y aquí está el desafío para nosotros como líderes: ¿cuántas de nuestras decisiones pastorales, estratégicas, financieras o de equipo realmente pasan por la oración antes de pasar por nuestra propia capacidad de gestión?
Es fácil predicar sobre depender de Dios. Es otra cosa tomar decisiones de iglesia como si realmente dependiéramos de Él.
La rebeldía disfrazada de buen comportamiento
El segundo cruce es más sutil y, me atrevo a decir, más peligroso para quienes lideramos: la autosuficiencia espiritual disfrazada de madurez.
Es posible “confesar”, “declarar” y “creer” sin jamás ceder ninguna área real de la vida.
Salmos 2 describe a reyes que conspiran contra el Señor diciendo “rompamos las cadenas, liberémonos de ser esclavos de Dios”. Esa rebeldía rara vez se manifiesta en abandonar la fe. Se manifiesta en seguir liderando con nuestras propias categorías de éxito, nuestros propios tiempos, nuestras propias estrategias, mientras seguimos usando el lenguaje correcto en el púlpito.
La pregunta que duele hacerse es esta: ¿en qué áreas de mi ministerio dejé de preguntarle a Dios porque ya sé lo que funciona?
Fuerza de voluntad no es lo mismo que Espíritu Santo
Aquí está, quizás, el punto más urgente para quienes formamos a otros: muchos de nuestros procesos de discipulado están construidos sobre fuerza de voluntad y no sobre dependencia del Espíritu Santo.
Enseñamos disciplinas, hábitos, estructura. Todo eso tiene valor. Pero si el resultado final es gente con buena conducta moral —el tipo de bondad que hasta una persona que no conoce a Cristo puede alcanzar con autodisciplina—, entonces no estamos formando discípulos. Estamos formando personas moralmente ordenadas que llevan el nombre de cristianos.
Jesús mismo lo señala: amar a quienes te aman, ser amable con tus amigos, hacer el bien… eso lo hacen también los que no lo siguen. No hay nada extraordinario ahí. Lo extraordinario es tomar la cruz cada día, y eso —Jesús es claro— es imposible sin la obra maravillosa del Espíritu Santo.
Si nuestros programas de formación de líderes no apuntan explícitamente a esa dependencia diaria del Espíritu Santo, estamos produciendo activistas religiosos eficientes, no discípulos transformados.
El desafío real para quienes lideramos
No se trata de añadir otra serie de prédicas sobre disciplina espiritual. Se trata de revisar, con honestidad brutal, si nuestro propio liderazgo nace de la dependencia o de la autosuficiencia bien entrenada.
Pablo no dijo “me disciplino más” sino “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Esa es la única senda que produce discípulos reales: no más esfuerzo humano, sino una crucifixión genuina del yo que solo el Espíritu puede sostener.
Como líderes tenemos una responsabilidad doble: no podemos llevar a otros a una profundidad que nosotros mismos no estamos dispuestos a recorrer. Antes de diseñar el próximo programa de discipulado, vale la pena hacernos la pregunta que Jesús planteó: “si alguno quiere ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo”. La pregunta no es si nuestra gente quiere. La pregunta es si nosotros, primero, queremos.
Este artículo fue extraído del libro “De creyentes a discípulos: el camino pastoral” de Alejandro Escobedo.
Adquiere el libro completo aquí

Alejandro Escobedo
ALEJANDRO ESCOBEDO Es pastor fundador de la Iglesia Conquistando Fronteras, una de las congregaciones de mayor desarrollo en la Ciudad de México, y preside una red de iglesias a nivel local e internacional. Ha caminado en el ministerio pastoral por más de 30 años junto a su esposa Norma, y es padre de tres hijos que aman y sirven al Señor.




