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En cada iglesia, en cada familia, en cada círculo de amigos, hay personas que aparentemente siempre tienen alguna necesidad. Son aquellos que buscan atención, que necesitan hablar, contar cosas, ser escuchados, ser ayudados… y que parecen absorber nuestra toda energía. ¿Te ha pasado alguna vez relacionarte con alguien así? Quizás ya tienes en mente algún rostro…
No importa lo que hagas, ellos siempre necesitan más atención o más ayuda. Siempre necesitan algo más. Claro que, como pastores y líderes, es nuestro llamado cuidar del rebaño y eso incluye a aquellos que necesitan una dosis extra de amor y apoyo. Pero ¿cómo podemos hacerlo con sabiduría? ¿Cómo amarlos sin agotarnos?
1. Aprendamos a dar con estrategia, no solo emocionalmente
Muchas veces, cuando vemos una necesidad, nuestra primera reacción es ayudar de inmediato, movidos por la emoción del momento. Queremos aliviar la situación rápidamente, ya sea por compasión o incluso para sentirnos mejor con nosotros mismos. Sin embargo, este tipo de ayuda no siempre es la más beneficiosa para la persona necesitada.
En lugar de enfocarnos en lo que ellos quieren o en lo que nos hace sentir bien a nosotros, debemos aprender a enfocarnos en lo que realmente requieren. Un gran ejemplo de esto es la historia del hombre cojo en la puerta del templo:
“Cuando el hombre vio que Pedro y Juan estaban por entrar, les pidió dinero. Pedro y Juan lo miraron fijamente, y Pedro le dijo: «¡Míranos!». El hombre lisiado los miró ansiosamente, esperando recibir un poco de dinero, pero Pedro le dijo: «Yo no tengo plata ni oro para ti, pero te daré lo que tengo. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y camina!».
Entonces Pedro tomó al hombre lisiado de la mano derecha y lo ayudó a levantarse. Y, mientras lo hacía, al instante los pies y los tobillos del hombre fueron sanados y fortalecidos”.
(Hechos 3:3-7)
Este hombre pedía dinero porque creía que eso resolvería su problema inmediato. Pero Pedro y Juan no le dieron lo que él quería, sino lo que necesitaba: sanidad y restauración. Es fácil simplemente extender la mano y dar lo que nos piden, pero el verdadero amor nos llama a ir más allá. En lugar de solo ofrecer una solución temporal, debemos ayudar a las personas a levantarse y caminar por sí mismas.
Por eso, siempre debemos ser guiados por el Espíritu de Dios, para no responder impulsivamente desde la emoción, sino buscar en oración cuál es la mejor forma de ayudar a alguien en su necesidad. A veces, lo que una persona pide no es lo que realmente le hará bien. Aprendamos a decir: “Porque te amo, no te daré lo que quieres, sino lo que necesitas”.
Las personas necesitadas suelen expresarse de manera urgente y demandante: “Si realmente me amas, dame esto…” (tiempo, dinero, atención, validación, etc.) o “Si de verdad te importo, entonces haz esto por mí”. No debemos dejarnos presionar por esto. El verdadero amor no siempre da lo que la persona desea, sino lo que realmente necesita. Consideremos algunos ejemplos:
- “Necesito que me prestes dinero para poder pagar el alquiler de mi apartamento”. Quizás lo que realmente te hace falta es que te ayude a organizarte para que puedas administrar mejor tus finanzas, dejes de hacer compras innecesarias, o busques un trabajo más estable.
- “Necesito que me valores”. En lugar de brindarte valoración externa, lo que realmente necesitas es que te ayude a conocer tu identidad en Cristo y tu valor como hijo o hija de Dios.
- “Necesito que pases más tiempo conmigo”. Tal vez lo que realmente te urge es desarrollar tu identidad en Cristo y comprender que tu seguridad no depende de la presencia constante o de la afirmación constante de otras personas, sino de poner tu confianza y tu mirada en Dios.
El amor verdadero no consiste en satisfacer todos los deseos de las personas, sino en ayudarlas a crecer, sanar y avanzar. Como líderes y pastores debemos recordar que nuestra tarea no es ser su fuente de satisfacción, sino guiarlos hacia Aquel que sí puede llenar y suplir cada necesidad.
2. Aprendamos a servir con sabiduría
El ministerio de Jesús nos muestra cómo servir con sabiduría. Él no solo sanó enfermos y alimentó multitudes, sino que lo hizo desde un corazón lleno de amor y propósito. Su servicio no era impulsivo ni reactivo, sino estratégico y centrado en la voluntad del Padre.
Jesús nos dio un modelo de servicio:
- Él sirvió desinteresadamente. No buscó reconocimiento, sino el bienestar de los demás.
- Él amó de forma auténtica. No solo atendió necesidades físicas, sino que también sanó corazones.
- Él dio con generosidad. Su entrega no tenía límites, pero siempre con un propósito.
- Él enseñó fielmente. No solo resolvió problemas inmediatos, sino que formó discípulos.
- Él escuchó con compasión. Se tomó el tiempo para conocer el verdadero dolor de las personas.
Sin embargo, Jesús entendía que para seguir dando debía detenerse y llenarse. Marcos 1:35 nos relata: “A la mañana siguiente, antes del amanecer, Jesús se levantó y fue a un lugar aislado para orar”. ¡Si Jesús mismo se tomaba tiempo para estar a solas con el Padre, cuánto más necesitamos hacerlo nosotros! No podemos ministrar desde el agotamiento, sino que debemos hacerlo desde la plenitud que proviene de Dios.
No puedes ayudar a nadie si estás desmayado y no puedes servir a nadie si estás vacío
En los aviones, antes de despegar, siempre dan una instrucción clara: en caso de una despresurización de la cabina, primero debes colocarte tu máscara de oxígeno y luego ayudar a otros. ¿Por qué? ¡Porque si te desmayas, ya no podrás socorrer a nadie! Y lo mismo sucede en el ministerio. Si no te cuidas espiritual, emocional y físicamente, tarde o temprano te desgastarás y ya no podrás servir a otros.
La parábola del buen samaritano (que se encuentra en Lucas 10:25-37) es un gran ejemplo de esto. Él se detuvo a ayudar al hombre herido, pero también supo cuándo seguir su camino. No lo cargó indefinidamente ni se convirtió en su salvador personal. Lo dejó en manos de alguien que podía atenderlo a largo plazo y luego continuó con su vida. Amar y servir no significa resolver todos los problemas de los demás personalmente. Significa hacer lo mejor por ellos, sin sacrificar nuestra propia salud y nuestro propósito.
Grábate esto: no puedes decir “sí” frecuentemente si no dices “no” ocasionalmente. Servir sabiamente implica discernir cuándo es el momento de actuar y cuándo es el momento de descansar en Dios. Recuerda, tú no fuiste llamado a salvar a las personas, sino a señalarles al único Salvador, Jesucristo.
3. Aprendamos a confiar completamente en Dios
A veces, sin darnos cuenta, hacemos a Dios pequeño al creer que nosotros somos indispensables para la vida de los demás. Esto es un error. Es un insulto a Dios creer que sin nuestra ayuda las personas no podrán salir adelante. La realidad es que Dios es más que suficiente para ellos. Nuestra labor es ser instrumentos, pero es Él quien transforma vidas y corazones.
Por eso, el verdadero servicio no se basa en nuestras propias fuerzas, sino en nuestra confianza absoluta en Dios. Cuando intentamos ser la solución para las personas en lugar de dirigirlas a Cristo, estamos asumiendo un rol que no nos corresponde. No somos la respuesta para nadie. ¡Jesús es la única respuesta! Nuestra confianza debe estar en Dios, no en nuestras propias fuerzas ni en nuestros esfuerzos por cambiar a otros.
alguien esta semana a ver su identidad desde la mirada del Padre?
Este artículo fue extraído del libro “Tu guía práctica para liderar gente dificil” de Jimmy De Gouveia
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Jimmy De Gouveia es un apasionado misionero de la Iglesia del Nazareno, actualmente sirviendo como Coordinador de Desarrollo de la Iglesia en América del Sur. Con más de 20 años de experiencia pastoral, ha recorrido el continente inspirando a pastores y líderes a mantener sus iglesias relevantes en un mundo en constante cambio.




