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septiembre 3, 2026EL EQUIPO DE JESÚS, conociendo a Andrés
Por Fabio Lelli
Quiero contarte una historia que, de seguro, te va a gustar. Mi nombre es Andrés y soy un pescador. Por el momento, no hay mucha más información que tengas que saber para disfrutar de la historia. Como verás, soy parte de un equipo y no cualquier equipo, uno que está dirigido y guiado por el mejor líder de todos los tiempos. En este equipo nos toca aprender y escuchar, pero no creas que simplemente nos la pasamos sentados en un pastizal todo el día, platicando y mirándonos; esa no es nuestra onda pasando el tiempo. Todo lo contrario, nuestro equipo es fuera de serie y, como estás a punto de ver, con este equipo navegamos los mares, viajamos a los confines de la tierra, desafiamos tormentas y peligros despiadados. No nos importa correr riesgos; todo lo contrario, sabemos que nuestra meta tiene un propósito para el cual Dios nos llamó y escogió. Y si estás leyendo este libro, quiero invitarte a sumarte a este grupo, al cual nosotros llamamos: Los discípulos de Jesús.
Para que entiendas por qué creo que debes unirte a este equipo, primero quiero contarte mi historia y cómo llegamos hasta este punto. Todo comenzó una madrugada de invierno; el viento soplaba con fuerza y se escuchaba con intensidad por mi ventana. Mis pies estaban congelados y, como cada mañana, mi trabajo era salir a pescar antes del amanecer. Con mi hermano Pedro teníamos una vieja barca; no era muy grande ni tenía muchos lujos, pero nunca nos había fallado. A veces hacíamos grandes pescas y otras veces, bueno, los peces simplemente no aparecían. En las largas horas que pasábamos arriba de la barca en silencio, esperando resultados, me gustaba soñar en grande y pensar en qué pasaría si un día dejara la barca y me dedicara a seguir esos sueños que mi mente me planteaba. Podría ser un artista famoso por sus grandes obras de arte, tal vez tocar un instrumento y deleitar a las multitudes con mi música, o bien ser un deportista reconocido y asombrar al mundo con mi talento.
Pero por el momento, solo era un simple pescador tratando de seguir a flote, y esa mañana ningún pez había salido a nadar. Probamos en cada rincón del mar lanzando nuestras redes en todo momento, esperando que algo sucediera, pero esa no había sido nuestra mejor mañana. Parecía que el día seguiría nublado y que nuestra suerte empezaba a desaparecer… Sin más fuerzas, volvimos a la costa y, por alguna razón fuera de lo normal, mucha gente empezaba a juntarse en aquel viejo muelle.
Los rumores por aquel tiempo corrían rápido y se hablaba de un Maestro que no solo hablaba muy bien, sino que también hacía señales y milagros que nunca antes se habían visto… Algunos envidiosos decían que era un mero truco de magia, que todo estaba arreglado. Pero los que lo habían visto decían que él hacía que lo imposible fuera posible y que sus palabras producían vida en quienes las aceptaban. El nombre de este Maestro era Jesús.
Al mirar a la multitud reunirse al lado de la costa, pudimos ver que buscaban estar cerca de aquel Maestro famoso. Poco a poco se acercaban a nuestra barca… La realidad es que, entre tanta gente, tuvimos que recorrer nuestra barca para que no estorbara, y al mover nuestra barca, Jesús volteó hacia nosotros y, con un tono amable, nos preguntó si podía subir para poder hablarle mejor a toda aquella multitud.
Sin dudarlo, le dijimos que no había problema; la realidad es que la curiosidad pudo con nosotros. Teníamos que saber si todo lo que se decía de aquel Maestro era verdad y si su mensaje era tan poderoso como muchos lo afirmaban… y descubrimos que sí lo era. Aunque no entendí todo su mensaje, sus palabras penetraban en mi mente.
Al finalizar su mensaje, él miró a mi hermano Pedro y le dijo:
- Vamos a lo profundo y lancemos las redes para pescar…
Mi hermano y yo nos miramos rápidamente, como dos personas que no escucharon bien la indicación que acababan de recibir… Jesús seguía mirando a mi hermano con una sonrisa de oreja a oreja, entonces Pedro le dijo:
- Maestro, toda la noche estuvimos trabajando muy duro y no pescamos nada. Pero, si tú lo mandas, voy a echar las redes.
Y así lo hicimos… nos fuimos mar adentro; no sabíamos qué esperar en esa situación. Los peces ya no salían en ese horario… el día seguía nublado y las olas del mar no estaban calmadas para pescar algo. Todo indicaba que nada sucedería en ese momento…
Pero de pronto un fuerte golpe hizo tambalear toda la barca como si algo nos hubiera jalado a lo profundo… Rápidamente nos asustamos; la barca no dejaba de moverse y, al mirar por el costado de la barca, no se trataba de un monstruo marino o rocas…
¡¡¡ERAN PECEEEES!!! Tantos que no podía llegar a contarlos… las redes no paraban de tirar y había tantos peces que muchos saltaban dentro de la barca… ante nuestros ojos estaba pasando la situación menos esperada que podíamos haber creído.
Rápidamente gritamos pidiendo ayuda… no podíamos con tantos peces; nuestra barca estaba al punto del colapso y podía llegar a hundirse, pero con ayuda de nuestros amigos y otra barca pudimos llegar a la orilla y fue ahí donde todo comenzó.
Jesús nos estaba llamando, y no a pescar un par de peces… sino a pescar hombres, eso significaba que íbamos a llevarle a muchas personas el mensaje de Jesús, y desde ese día dejamos nuestra barca y lo seguimos; ahora seríamos llamados los discípulos.
Puedes leer más en Lucas 5:1-11
Este artículo fue extraído del libro “El equipo de Jesús” de Fabio Lelli
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Fabio Lelli demuestra una gran pasión al relatar historias que cuentan una gran verdad: como el amor de Jesús transforma a sus amigos con paciencia y alegría.





