
Ideas para aprovechar la naturaleza en tu campamento
octubre 2, 2026Un Dios de milagros
Hace mucho tiempo fui parte de un grupo de teatro misionero, nosotros éramos: Abuelita Dinamita, Limoncito, Sandy, Coquito, Fresita, Uvita y Platanito.
Éramos lo opuesto a lo que el mundo podría considerar exitoso… ¡pero éramos realmente geniales! Y no por nuestro talento, sino por la gracia de Dios en nosotros.
Con sonrisas y trajes exuberantes logramos conquistar el hermoso corazón de tierras tan distintas como Estados Unidos, Guatemala, Argentina, Holanda, España, Bélgica, Rusia, Cuba y unas cuantas más.
Pero aún faltaba un lugar…
Ucrania…
Ese nombre daba vueltas en mi cabeza como un torbellino repleto de colores nuevos, y yo sentía ese cosquilleo en el estómago que aparece justo cuando estás a punto de hacer algo que ante la razón humana parecería una locura, pero que a los ojos de Dios tiene un propósito.
¿Ucrania?
Sí, Ucrania.
Nuevamente la incertidumbre se apoderó de mí. A los países anteriores habíamos ido en grupo, y con un traductor. Esta vez debería ir yo solo, sin herramienta alguna y sin idea de cómo sobrevivir.
Iría solo, y me adentraría en un nuevo mundo.
Sin saber hablar inglés.
Sin contar con el dinero suficiente.
Sin saber con qué me encontraría al llegar.
Sin tener idea de cuánto tiempo permanecería allí.
Hablé con mis pastores, hablé con mis padres y hablé principalmente con mi Dios, quien sabía que me respondería según su voluntad.
Volvieron las noches de oración, volvió el hambre por buscar su rostro, volvió el hambre por saber qué maravillas estarían siendo preparadas…
Gracias a mi proceso de formación en los baños de la iglesia, yo comprendía que debería pagar un precio para poder alcanzar ese propósito.
Sabía que el ministerio se construye de rodillas.
Después de un tiempo trabajando aquí y allá, logré juntar suficiente dinero como para un vuelo sin fecha de regreso, más la cantidad de $1500 pesos mexicanos (dinero que en esos tiempos equivaldría a unos $500 dólares de hoy). Claramente, no era mucho, y con eso tendría que sobrevivir quién sabe cuántas rentas, comidas y provisiones durante quién sabe cuánto tiempo.
Sí, quizá mi sentido común dejó de funcionar en ese momento.
Era el año 1994 y un joven de 21 años estaba llegando a un punto de inflexión en su vida.
Sí, viajé a Ucrania.
Por supuesto, una de las primeras cosas que hice al llegar fue entrar a una casa de cambio y entregarle al hombre el poco dinero que poseía (esos $1500 pesos mexicanos que había logrado ahorrar). De repente, noté que el hombre que me estaba atendiendo me miró como si le estuviera haciendo una broma. Parecía que sus ojos estaban esperando el momento en el que yo le dijera que lo que le había dado eran billetes falsos con el fin de hacer una broma…
Cambió unos cuantos billetes y me devolvió el resto, explicándome que se había quedado sin efectivo como para cambiármelos todos.
Y entonces entendí.
Resultó que esos $1500 pesos mexicanos que yo tenía equivalían a cuatro años y medio de trabajo de un hombre promedio allí en Ucrania.
¿Quéeee?
Sí. Resultó que me había vuelto rico. ¡Más que rico!
Tan pronto como me distraje un momento, la policía aprovechó la oportunidad para robarme absolutamente todo lo que tenía. De nada les serviría, pero también me robaron el dinero mexicano que no había podido terminar de cambiar. Me quedé con la billetera y los bolsillos vacíos.
Mi fortuna se desvaneció tan rápidamente como había llegado.
Y entonces sucedió algo extraño. Justo en el momento en el que yo comencé a extender mi mano como para pedirle a la gente que pasaba y tal vez recibir algún centavo, un versículo de esos que me pasaba la noche estudiando vino a mi mente, me hizo detener la mano y me confrontó enormemente.
Salmos 37.25: “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan”.
Una vez, yo ya había pasado de tenerlo todo a no tener nada. Ahora nuevamente había pasado de tenerlo todo a no tener nada… Y en ninguna de las dos ocasiones Dios me dejó solo. Él siempre me hizo sentir su fidelidad y me mostró que jamás me abandonaría.
Así aprendí a conocer a un Dios que es soberano y fiel con aquellos que abrazan sus sueños como propios.
Así aprendí que él es un Dios de imposibles, y que pone el piso si tú estás dispuesto a poner el paso.
Así aprendí que él es capaz de hacer aparecer un fajo de billetes donde no lo había…
Sentí que debía hacer esto, y lo intenté porque sabía Quién era el que me había llamado. Expectante, metí la mano en uno de los bolsillos de mi pantalón, el que yo sabía que estaba vacío y, efectivamente… no había nada. Me reí, entendiendo el humor que tiene Dios.
Está en el otro lado, ¿verdad?
Metí mi mano y no pude sacarla.
¡No pude porque la cantidad de cupones que aparecieron milagrosamente en ese bolsillo me impedía hacerlo!
“… no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan”.
Entré a la panadería y compré pan para mí y para las otras dos personas que estaban afuera, una con su violín y la otra cantando para intentar conseguir unas pocas monedas.
Y luego, con aquel dinero, logré vivir como para ser testigo de los milagros y señales que se manifestarían en las semanas siguientes.
Quizá lloré un poco, quizá fue la confirmación de mi llamado a ese lugar, quizá Abraham también estaba dando pasos hacia lo desconocido. Quizá ambos necesitábamos entender que los planes de Dios no siempre funcionan de la forma en la que esperamos.
A veces nuestras tragedias se vuelven escalones para que aquellos que están atravesando algo similar puedan saber que aun cuando se encuentren en medio de la duda, en medio del cuchillo y el altar, en medio de dos mendigos, en medio del desierto, en medio de la tormenta o en medio de cualquier prueba, Dios estará ahí, listo para mostrarles que no están desamparados.
Hoy en día aún conservo en mi billetera algunos billetes de ese fajo que apareció milagrosamente aquella tarde de verano en Ucrania, como recuerdo de la fidelidad de Dios y de todo lo que él hizo mientras estuve allí.
Por supuesto, y volviendo a la experiencia frente a la panadería, yo supuse que a partir de ese momento el resto de mi estancia en Ucrania sería pan comido. ¿O no…?
Este artículo fue extraído del libro “Pasión por las Misiones” de JC Marker
Adquiere el libro completo aquí

JC Marker es conferencista y movilizador de jóvenes alrededor del mundo a través de misiones y liderazgo juvenil, encendiendo una llama de pasión y fe en los cinco continentes. Es pastor en “Iglesia del Señor Toluca (IDS Toluca)”, una de las Iglesias más grandes del Estado de México, en donde junto a su esposa se desarrolla como copastor y pastor de jóvenes.






