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abril 27, 2026De vuelta a la misión
por Ricardo Flores
Una vez restituido el discípulo, Jesús hace una declaración a Pedro en la que surge lo que llamo «el segundo llamado».
En el primer llamado, Jesús invita a Pedro a seguirlo y a caminar con él (esto ocurre en el marco de la primera pesca milagrosa), y la oferta del seguimiento es precedida por una promesa irrechazable que Pedro no puede dejar pasar: «Te haré pescador de hombres». Esta era una propuesta para una vida mejor; era una invitación a participar en una tarea trascendente, y era la oportunidad de sacrificar un estilo de vida de pescador por uno mejor como discípulo. Pedro, como cualquiera de nosotros, entiende lo que significa un cambio de vida y lo acepta, y dejando atrás familia, hogar y trabajo emprende el viaje en pos del Maestro para convertirse en un pescador de hombres.
No pasó demasiado tiempo para que esta promesa encontrara su cumplimiento en la vida de Pedro: ser pescador de hombres comienza a cumplirse solo instantes después de la venida del Espíritu Santo, quedando confirmado en su primer mensaje público por el cual se convirtieron al menos tres mil hombres y siendo esto probado por su segundo sermón registrado en el libro de Hechos, en donde se convierten al menos dos mil más. Pero no solo fueron los discursos, sino que, a través de él, Dios sanó enfermos con solo su sombra, expulsó demonios y durante años predicó por todo el mundo antiguo y escribió epístolas que se preservan hasta el día de hoy. Eusebio de Cesarea explica mejor que nadie lo que ocurrió con Pedro y los otros discípulos:
¡Cristo llamó a hombres oscuros y sin educación, de oficio pescadores, y los hizo legisladores y maestros de la humanidad! «Os haré pescadores de hombres», dijo Cristo, ¡y qué bien ha cumplido él la promesa! Él dio poder a los apóstoles, de modo que lo que recibieron pudiera traducirse a todos los idiomas, civilizados y bárbaros, y pudiera ser leído y ponderado por todas las naciones, y las enseñanzas pudieran ser recibidas como la revelación de Dios.
En conclusión, con respecto al primer llamado, podemos valorar su ministerio como exitoso, ya que el Señor cumplió la promesa hecha a Pedro y lo convirtió en un pescador de hombres. La obediencia del pescador de dejar todo atrás y sacrificar su estilo de vida por otro mejor rindió frutos al ciento por uno: Pedro atrajo al conocimiento de Cristo a grandes multitudes, en todo momento y en todo lugar.
Teniendo esto claro, veamos ahora por un momento el segundo llamado. Estas son las palabras dichas por Jesús después del relato de la restauración de Pedro:
Es verdad que cuando eras más joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá y te llevará a donde no quieras ir (Juan 21:18).
Con la afirmación «Es verdad que (…)» —como traducen algunas versiones de la Biblia en lugar del «De cierto, de cierto te digo»—, lo que está haciendo Jesús es poner énfasis en las palabras que desarrollará a continuación. Esta expresión es repetida por Jesús en varias ocasiones en los Evangelios, y preceden a una verdad ciertísima relacionada al reino de los cielos. Luego de estas palabras, Jesús describe la clase de muerte con la que Pedro glorificaría a Dios:
Jesús dijo esto para dar a entender de qué manera moriría Pedro y así glorificaría a Dios. Después le dijo: —¡Sígueme! (Juan 21:19)
Si me permites parafrasear las palabras de Jesús a Pedro, las pondría de esta manera: «De joven hacías e ibas a donde querías, pero cuando seas más viejo te llevarán a un lugar adonde no querrás ir y allí vas a morir de forma violenta, y con tu muerte glorificarás a Dios». La promesa de Jesús se cumplió pronto en la vida de Pedro, y tal lo dicho, Pedro glorificó a Dios con el tipo de muerte que tuvo. Como ya vimos, la tradición cristiana de la iglesia atribuye la muerte de Pedro a los romanos, por crucifixión, en el año 64 d. C.
No olvidemos que, en vísperas de la muerte del Señor Jesús, Pedro desconoció a su Maestro por temor a que lo apresaran junto con él, por lo que junto con los otros huye a esconderse en Jerusalén a puertas cerradas, pensando en lo que pudieran hacerle los judíos (Jn 20:19). Ahora bien, en sus últimos días, el valiente discípulo no huye ni se esconde; más aún, no niega a su viejo amigo y Maestro. Esta vez, Pedro prefiere negarse a sí mismo antes que negar a Jesús; su lealtad y amor por el Señor lo llevarán a morir crucificado, pero no solo eso, sino que en medio de su ejecución solicitará a sus verdugos morir boca abajo porque no se considera digno de morir como su Señor.
¡Pedro había aprendido la lección y nunca repetiría su error! Si cuando era más joven negó a su amigo tres veces por temor, tal vez y solo tal vez, el tema de su traición estaba relacionado con el amor que el discípulo sentía en ese momento de su vida hacia Jesús.
Déjame ponerlo de esta manera: después de este evento traumático que marcó su vida para siempre, Pedro creció y maduró como discípulo, convirtiéndose en el líder no designado de los doce, en uno de los apóstoles sobre los cuales había recaído la responsabilidad de enseñar a otros a obedecer los mandamientos que Jesús les había dado.
Pedro encontró el tesoro escondido en el campo del que habló Jesús: lleno de alegría, fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo, porque supo ver el valor que nadie más pudo ver. Pedro fue como aquel comerciante que andaba buscando perlas finas, que cuando encontró una de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró. Él vio el mérito de sacrificar la vida de pescador que llevaba porque supo ver el gran valor que había en dedicar su vida a la obra de Dios; estuvo dispuesto a sacrificar aquello que consideró de valor por conseguir algo mayor, algo más grande y trascendente.
Y tú, ¿qué harías?
Este artículo fue extraído del libro “Pedro (un llamado a lo extraordinario) de Ricardo Flores
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Ricardo Flores
Licenciado en Teología y Director académico del Seminario Teológico Centroamericano (SETECA). Junto a su esposa sirven activamente en su iglesia local en Guatemala.




